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EL VIRUS DEL MILENIO

Después de haber hecho pasar a las multitudes por la histeria del cambio de siglo y de milenio, pronto se empezará a reconocer que la primera decena comienza por el uno y termina con el cero, la segunda decena empieza con el dos y concluye con el cero, y de igual modo acontece con las centenas y los millares. De modo que no tendrán más remedio que admitir que el siglo veinte terminará cuando se complete el año 2000, comenzando el tercer milenio con el primer día del año 2001, por cuanto "cumplir" es terminar o completar un período de tiempo determinado. Entonces, tras haber cautivado la fascinación de los más incautos, volverán a comerciar con el cambio de fecha, sin que falten los pronósticos, los presagios, los augurios, las fechas cabales y la más variopinta fantasía.

Después de haberse calmado los que pronosticaban que el síndrome "Y2K" sería el más peligroso y dañino virus informático, que produciría una reacción en cadena que bloquearía todos o la mayoría de los sistemas informatizados del planeta, imposibilitando los suministros de agua, gas, energía eléctrica, redes telefónicas, etc., surgirán nuevas especulaciones al respecto. Cuando ya casi nadie recuerde la enorme desaparición de dinero en los Estados Unidos, hasta el punto de que el Presidente de la Reserva Federal diera la orden de imprimir cincuenta mil millones de dólares, como precaución ante la masiva retirada de fondos de las cuentas bancarias; la locura del acopio de víveres y agua, en vista de la inminencia del colapso que produciría el cambio de fecha; y del mismo modo que muchos se olvidaron de los presagios fatalistas para el 9 de Septiembre del pasado año 1999 (9-9-99), fecha para la que muchos afirmaron que se bloquearían una buena parte de los ordenadores, veremos cómo surgen otros presagios y pronósticos de la más variada naturaleza.

En el otro extremo de la cuerda están los viejos epicúreos que afirmarán que lo más sabio es ignorar este asunto para dedicarse a comer y beber, por cuanto mañana habremos de perecer. La vana celebración de la efemérides --de ésta como de cualquier otra-- será simplemente ocasión para el derroche y la festividad pagana; el despilfarro y la permisividad desenfrenada.

Pero esta creciente confusión puede contemplarse también, desde nuestra óptica cristiana evangélica, como una magnífica oportunidad para proclamar las verdades del Evangelio de nuestro Dios y Salvador Jesucristo. En medio del frenesí del milenio, en un clima de confusión y decepción, también se dejan oír las voces de quienes se alzan con los grandes interrogantes de la vida, preguntándose por su identidad, el significado de su existencia y su destino trascendente. Y nosotros debemos aprovechar este momento histórico para proclamar la Buena Noticia de la Salvación que Dios nos ofrece en Cristo Jesús, afirmar la esperanza bienaventurada -- la Segunda Venida de Jesucristo–, e invitar a los hombres a salir del reinado de Satanás –¡Dios le reprenda!-- para dejarse trasladar al reinado de Dios en Cristo.

En muchos círculos, tristemente, se ha dejado de escuchar la proclamación de la Segunda Venida de nuestro Señor y Salvador, recurriendo en su lugar a otros medios, generalmente más psicológicos que bíblicos, olvidando que el anuncio profético de la inminente Segunda Venida del Rey de reyes y Señor de señores, será siempre, porque históricamente así lo fue, una de las grandes verdades utilizadas por el Espíritu Santo para motivar a los pecadores a tomar una decisión por Jesucristo, así como para estimular a los fieles con la esperanza bienaventurada, la que siempre refresca y renueva:

"Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras." (Tito 2:11-14).

"El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús." (Apocalipsis 22:20).

Nos han llegado noticias de muchas excentricidades al aproximarse el inicio del año 2000. Nos vendrán muchas más. Vamos a oír de las predicciones más extrañas de toda suerte de pseudo-teólogos y falsos profetas. La fiebre del milenio irá creciendo en algunos círculos, evaporándose en otros para ser reemplazada por una gran apatía y unas tinieblas cada vez más espesas. Pero si somos fieles al Señor, podremos hacer de este tiempo una estación para la siembra de la semilla bendita, para la difusión de la Santa Palabra de Dios, para la predicación del Evangelio de la gracia del Señor. Pero si no aprovechamos este momento histórico, comprobaremos que llegará el momento cuando difícilmente podremos realizar la siembra:

Dice Jesús: "Me es necesario hacer las obras del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede trabajar... Entre tanto que tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz." (Juan 9:4; 12:36).

Si Jesucristo es alzado en nuestro medio, muchos se acercarán con sus auténticas hambres y sedes. Si nuestra predicación se ciñe a la verdad del Evangelio de nuestro Señor Jesucristo, la voz de la esperanza alcanzará muchos corazones. Si en nuestros medios somos reconocidos como verdaderos cristianos, muchos van a acercarse en respuesta a la llamada del Espíritu Santo a la esperanza que no defrauda: La esperanza de vida eterna que es en Cristo Jesús Señor nuestro. Esa es la esperanza que va más allá de todos los siglos y milenios:

"Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero; y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios y sabiduría de Dios." (1ª Corintios 1:22-24).

"Y será predicado este Evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin." (Mateo 24:14).

Pr. Joaquín Yebra