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VEN, ALMA QUE LLORAS....

 

"María estaba llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, )por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús.

Jesús le dijo: MUJER, )POR QUÉ LLORAS? )A QUIÉN BUSCAS? ELLA, PENSANDO QUE ERA EL HORTELANO, LE DIJO: SEÑOR, SI TÚ LO HAS LLEVADO, DÍME DÓNDE LO HAS PUESTO, Y YO LO LLEVARÉ.

Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro)"

(S. Juan 20:11-16).

Aquella mujer tenía muchas razones para llorar. Todos tenemos muchas razones para llorar. La única diferencia es que algunos son capaces de ocultarlo, y otros no. Algunos se atreven a llorar en público y otros lo hacemos en la intimidad.

Si somos observadores comprobaremos que la vida y el ministerio de Jesús se desarrolló entre muchas lágrimas. No puede ser de otra manera estando entre los hombres.

Jesús fue a la muerte entre mujeres llorosas. Y al resucitar se encontró con mujeres llorosas también. Nosotros, en nuestra cultura, hemos atribuido a las lágrimas actitudes de cobardía, pero los verdaderamente cobardes fueron los discípulos varones, que huyeron ante la crucifixión del Señor, mientras que las mujeres permanecieron junto a la cruz del Maestro:

"Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena." (Juan 19:25).

"Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron." (Mateo 26:56b).

"Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo." (Mateo 27:55-56).

Pedro también lloró amargamente cuando negó repetidamente a Jesús:

"Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro; y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: Antes que el gallo cante, me negarás tres veces. Y Pedro, saliendo fuera, lloró amargamente." (Lucas 22: 61-62).

Ahora, en nuestro texto de Juan 20:15 vemos que las primeras palabras de nuestro bendito Salvador fueron para una mujer deshecha en lágrimas.

Aquel que había nacido de mujer estaba ahora secando las lágrimas de una mujer...

Amigo lector, ¿estás dolorido-a, herido-a?

El Salvador resucitado nos consuela; nos asegura de su amor, de su perdón y de su misericordia.

Él siempre está a nuestro lado como ayudador y consolador.

No olvidemos que el Señor Jesús experimentó todos nuestros sentimientos y emociones. Por eso puede simpatizar con nosotros, cualesquiera que sea nuestra situación.

Jesucristo puede simpatizar contigo porque él experimentó también, por ejemplo, el dolor de la muerte de un amigo íntimo, como fue el caso de Lázaro. El propio Señor Jesús pasó por el valle de la sombra de la muerte.

¿Y nosotros? ¿Lloramos por el dolor y con el dolor que experimentan otros ?

El Señor Jesús vive para escuchar nuestras oraciones pidiendo consuelo y sanidad...

¿Estás enfermo-a tu mismo-a? Jesús vive para mitigar nuestros dolores...El Señor vive para sustentar nuestros corazones bajo las pruebas y los sufrimientos... El Señor vive para sustentarnos bajo sus alas, en su gracia y bajo su providencia, bajo su propio sufrimiento. También nos ayuda a distinguir la causa de nuestros dolores y sufrimientos.

Hay dolores que no son sino efecto de nuestro propio egoísmo. Otros son sencillamente resultado de nuestra rebeldía. También la ignorancia es una fuente de dolores y sufrimientos. Pero si vamos a los pies del Señor, él nos revelará la causa de nuestras penurias, y la forma de resolver los sufrimientos.

A veces nos sorprenderá encontrar al Señor llorando a nuestro lado, compartiendo nuestro dolor, como cuando Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro. Pero nunca hallaremos al Señor bendito ajeno a nuestro dolor, distante de nuestro sufrimiento, lejano a nuestras lágrimas. Nunca nos faltará su presencia, su proximidad, su cercanía, su consuelo...

No en vano estas fueron las primeras palabras del Señor Jesús resucitado: "¿Por qué lloras, mujer?"

Le importa al Señor mucho más consolar un corazón atribulado que mostrar su gloriosa victoria sobre la muerte y el pecado. Le importan mucho más al Redentor las lágrimas de una de sus discípulas que cualquier otra cosa. Todo lo demás puede esperar para Jesús. Y eso nos debe ayudar a entender que hasta el día de hoy podemos acudir con nuestros dolores y sufrimientos al Señor que sufrió por nosotros. No deben avergonzarnos las lágrimas. No es cierto que los hombres no lloren. Es más, sólo los hombres -varones y mujeres- lloramos. El llanto es un signo, entre muchos otros, de nuestra humanidad, de nuestra fragilidad, de nuestra vulnerabilidad. Jesús nos ha advertido que en este mundo inevitablemente tendremos aflicción. De donde se deduce que nuestra vida no puede estar carente de sufrimiento. Es más, cuanto más amemos, también mayores serán nuestras decepciones y desengaños. Alguien dijo que si no queremos sufrir tendremos que renunciar al amor; pero si dejamos de amar, dejaremos de ser.

Eso es lo maravilloso de nuestra fe cristiana: Nuestro Maestro ha encarnado al Dios que ha asumido nuestra naturaleza, es decir, nuestro pecado. Dios ha llorado en Jesús. En el Señor Jesucristo ha sudado y sufrido, ha derramado su sangre, ha experimentado la decepción y el abandono, la soledad y la angustia.

No hay victoria sin sufrimiento. No hay resurrección sin crucifixión. No hay gozo sin haber sembrado lágrimas anteriormente. No puede haber cosecha sin siembra. No podemos gozar de sombra reparadora sin haber habido quien plantara primero.

Puede que tú te encuentres en estos momentos con lágrimas en el corazón, e incluso en los ojos, como aquella mujer de nuestro texto del Evangelio... No eras excepcional... Tú también necesitas a Jesucristo. Acércate al Señor con tus lágrimas, con tus dolores, con tus sufrimientos, decepciones, incomprensiones, para que el Buen Pastor enjugue esa lágrimas tuyas; para que el Señor te acoja y te abrace; para que te reciba y te consuele; para que te acaricie y conforte...

 

Ven, alma que lloras, ven al Salvador.
En tus tristes horas dile tu dolor;
dile, sí, tu duelo: Ven tal como estás,
habla sin recelo, y no llores más.

Toda tu amargura di al Cristo fiel,
penas y tristeza descarga en Él.
En su tierno seno asilo hallarás.
Ven, que al pobre es bueno, y no llores más.

Tú misma al cansado enseña la Cruz;
guía al angustiado hacia tu Jesús.
La bendita nueva de celeste paz
a los tristes lleva, y no llores más.

J.Y.