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CÓMO PREDICAR SIN RESULTADOS:

Una paráfrasis del Pr. Joaquín Yebra sobre un escrito del gran evangelista Charles G. Finney.

Deja que tu principal motivo sea aumentar tu popularidad, no que las almas se conviertan a Jesucristo.

No prediques doctrinas que resulten ofensivas a la mente carnal, para que nadie pueda decir que tus palabras son duras, ¿quién las podrá recibir?

No molestes a los oyentes en su conciencia, para que no se sientan alarmados y reflexionen sobre su vida.

Evita las ilustraciones, repeticiones y frases enfáticas, para que los oyentes no recuerden la Palabra de Dios.

Procura no poner corazón ni calor en tu exposición de la Palabra de Dios, no vaya a ser que los oyentes piensen que tú verdaderamente crees lo que predicas.

Procura dirigirte a las emociones de los oyentes, no a sus conciencias.

Tú procura que al escucharte digan de tu manera de hablar: "¡Tremendo!" "¡Precioso!" "¡Qué intelectual!" "¡Qué elocuente!"

Ten cuidado de no predicar desde tu propia experiencia personal respecto al poder del Evangelio, para que los oyentes no experimenten la convicción de que tú está dándoles algo que ellos necesitan.

No despiertes la conciencia de los oyentes, no vaya a ser que se acuerden de pecados pasados y se arrepientan.

Denuncia el pecado en general, pero no hagas referencia a los pecados específicos de la audiencia presente.

No vayas a producir entre los oyentes la impresión de que Dios demanda hoy, aquí y ahora que obedezcamos a la verdad.

No vayas a producirles la impresión de que Dios espera que los oyentes le entreguen sus corazones al Señor.

Procura que ellos piensen que pueden salir del culto llevándose sus pecados a casa, y que tomen la decisión del arrepentimiento y de la fe a su conveniencia.

Procura que del Espíritu Santo no sepan nada más que es la tercera Persona de La Santísima Trinidad de Dios, no vaya ser que sientan sed del Señor y se pongan a beber del Espíritu del Señor.

Procura que se escuden en "que todos somos pecadores", y que no hay nada que nosotros podamos hacer; simplemente esperar que Dios cambie nuestra naturaleza.

Predica la salvación por la gracia, pero procura que todos ignoren la condición perdida de los pecadores, no vaya a ser que los oyentes entiendan que la gracia de Dios produce siempre frutos de arrepentimiento en quien se entrega a ella.

Predica el Evangelio como si se tratara de un remedio, pero procura ocultar la realidad del pecado como la verdadera enfermedad fatalmente mortal del hombre.

No hables nunca de que el Espíritu Santo nos conduce, después del arrepentimiento de nuestros pecados y de la fe en Jesucristo, a andar en los mandamientos del Señor, por su sola gracia y misericordia.

Procura que los creyentes sean sólo creyentes, nunca fieles: que crean en Jesús como Salvador, pero no como Señor de sus vidas.

Procura no hacer que los pecadores sientan miedo ante la realidad de la venidera ira de Dios.

Predica a Jesucristo como infinitamente amigable y cariñoso, pero tapa la realidad del rechazo de Cristo Jesús hacia los hipócritas religiosos y los pecadores impenitentes.

Procura hacer pensar a todos que los hombres tenemos, todos, algo bueno, para que los pecadores no sientan la necesidad de experimentar un cambio radical en sus corazones, y que sólo Dios puede efectuar, para trasladarnos del pecado a la santidad.

Nunca vayas a cometer el error de llamar a los alcohólicos "borrachos", a los cleptómanos "ladrones" y a los ludópatas "jugadores", no vaya a ser que se vean a sí mismo como pecadores y se arrepientan.

No vayas a llamar a los fallos "pecados" y a las malas costumbres y hábitos "vicios", porque además de ofender a algunos, pudiera darse el caso que se arrepintiesen y abrieran su corazón al perdón del Señor.

Habla todo lo que quieras acerca de la salvación, pero no menciones la realidad de la condenación, y ni se te ocurra mencionar el "lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda."

Nunca les hables a los convertidos acerca de la necesidad de la renuncia, el sacrificio y el llevar nuestra cruz cada día, no vaya a ser que los calienta-bancos se conviertan en miembros consagrados al Señor y activos en la iglesia.

Nunca prediques en contra de las extravagancias de la moda en el vestido, en el peinado, en la forma de culto y alabanza, no vaya a ser que algunos hermanos comprendan que las tendencias son temporales y perecederas, pero el Evangelio es eterno.

Procura que las actividades sociales de la iglesias sean muchas y variadas, y tú asiste a todas ellas, pero olvídate de las reuniones de oración, pues son serias y aburridas.

Procura que el presupuesto para instrumentos musicales y megafonía supere en mucho a los gastos en la difusión de la Biblia y en la atención de comida y ropa a los necesitados de tu barrio.

Procura que tu iglesia se abra a la gente guapa y preferiblemente acomodada, y no les pongas demasiada buena cara a los pobres, inmigrantes y necesitados.

Tú procura, ante todo, ser un personaje popular, para lo que conviene dediques más tiempo a la TV que a la oración y la predicación.

Ante todo se trata de que tus oyentes se sientan complacidos, de modo que edulcora la predicación y piensa antes de pronunciar cada frase en el riesgo de ofender a alguien, no vaya a ser que un día ofendas a un buen diezmador y te cargues tu propia asignación pastoral.

Predica acerca DE los pecadores, pero no prediques A los pecadores. Habla de los pecadores refiriéndote a "ellos", nunca a "vosotros", no vaya a ser que alguien se sienta aludido personalmente y se arrepienta.

Si hacemos esto, podemos tener la absoluta seguridad que nuestros resultados serán completamente nulos.