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Comunidad Cristiana Eben-Ezer: Sermones   Imprimir esta ventana


LA IGNORANCIA ES DESAMOR:

Hechos 17: 24-31 (v.30).

Introducción:

La idea de la ignorancia nació al hacerse la existencia de los hombres más compleja y sofisticada, cuando el hombre comenzó a hacerse preguntas.

Todos nos hacemos preguntas para las que no hallamos respuesta...

Incluso los más sabios de los hombres no tardan en reconocer que no saben contestar a nuestras preguntas.

Así nació "Yo no lo sé"...

Poco después "yo no lo sé" se convirtió en "Yo no sé si es posible saberlo"...

"Yo no sé si es posible saberlo" evolucionó hacia "No se puede saber"...

Y "No se puede saber" se convirtió en "No se necesita saber"... "No hay necesidad de saberlo."

Hasta que finalmente llegó a ser "Lo que no sepas nunca te hará daño", o dicho en lenguaje más vulgar: "Se es más feliz en la ignorancia".

Esta evolución filosófica les dio a los gobernantes, civiles y religiosos, la autoridad para decir lo que les dio la gana, lo que les plació, sin tener que dar explicaciones, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Así nació el absolutismo...

Esta evolución filosófica ha sido y es la base de todas las dictaduras de cualquier tipo y signo, sean de estado, de partido, de iglesia, cualesquiera.

"No necesitamos saber" se convirtió en un dogma religioso, haciendo creer a millones que hay secretos del universo que Dios no quiere que sepamos, por lo que, particularmente en tiempos pasados, aunque no tan pasados, hacer preguntas no se entendió como síntoma de fe, sino más bien de descreencia, y procurar saber estuvo muy cerca de la blasfemia.

De modo que esta doctrina de la "santidad de la ignorancia" se extendió muy rápidamente a la jefatura en todas las instancias de la sociedad.

¿Cuál fue el resultado? Pues que hubo un tiempo, no tan lejano, y aún hasta el día de hoy en muchos lugares del planeta, cuando ciertas preguntas, hechas en determinados momentos y maneras, sobre todo a ciertas personas y círculos, podían significar literalmente la separación del cuello y la cabeza de quien osaba preguntar.

Y es que "preguntar" siempre ha sonado a tener que "rendir cuentas", algo que no suele gustar porque no suele tampoco enseñarse ni practicarse en casi ninguna parte.

Personalmente recuerdo aquellos días de la postguerra cuando en España muchos tenidos por importantes alardeaban de la ignorancia hispana, y refiriéndose a la escasísima relevancia que en nuestra país tenía la investigación científica, exclamaban con el mismo brío "¡Gibraltar español!" y "¡Que investiguen ellos!"

El miedo histórico producido por las persecuciones inquisitoriales, amén de la prohibición, más o menos sutil, contra la investigación, la búsqueda, el cuestionarse las cosas, sólo sirvió para elevar el índice de ignorancia, hasta alcanzar cotas insospechadas.

Tenemos el dato histórico de los monarcas de los reinos de España y del resto de Europa, casi todos analfabetos y orgullosos de serlo -con excepción de Alfonso X el Sabio y pocos más- quienes depositaron todo el quehacer intelectual e investigador en manos de sus consejeros, mayoritariamente hebreos, lo que significó que tras la expulsión de los judíos en 1492, España quedaría sumida en las más profundas tinieblas de ignorancia y superstición.

Esta es una epidemia que arrastra sus consecuencias hasta nuestros días, y que la vieja Europa exportó al Nuevo Mundo... No olvidemos que en estos momentos, la nación más poderosa de la tierra está en manos de un presidente que hace alarde en los medios públicos de "nunca leer libros."

Esta elevación de la ignorancia hasta convertirse en un atributo del que sentirse orgulloso es la causa de que no hacer preguntas llegara a ser un signo de buena educación y buenas maneras... Así se convirtió en comportamiento aceptable; lo que se espera de uno, en definitiva.

Y aunque el castigo por la impertinencia de preguntar y preguntarse en voz alta no es tan severo en nuestros días, al menos en esta parte del globo en que nos ha correspondido vivir, es evidente que en muchos lugares de la tierra muy poco ha cambiado al respecto.

Bastantes regímenes totalitarios insisten hasta el día de hoy en que sólo deben escucharse las voces del acuerdo y la concordia con sus ideas e intereses, mientras que las voces de los disidentes son apagadas de la manera más brutal, incluso con la muerte.

Estos comportamientos bárbaros suelen justificarse mediante proclamaciones populistas, tales como esa manida expresión de "es necesario para garantizar el orden"... Y cuando la comunidad internacional manifiesta su protesta y repulsa, la respuesta de los "salvadores" de las patrias suele ser que nadie tiene nada que decir al respecto, pues se trata de "asuntos internos".

1) Después de esta larga introducción, permitidme que os diga algo importante: La esencia del amor es la libertad.

Cualquiera que te diga sinceramente que te ama, procurará simultáneamente tu libertad.

Es así de sencillo... No es necesario complicarlo más, creedme.

Sólo hay dos energías en el núcleo de la experiencia humana: El Amor y el Temor.

El amor siempre otorga libertad... El temor no sólo no la otorga, sino que la roba...

El amor abre puertas... El temor las cierra todas, las propias y las ajenas...

El amor invita siempre a la expresión plena... El temor prohíbe y castiga toda expresión...

Estas medidas, estos parámetros te servirán siempre, siempre, para saber quién te ama y quién te teme...

Pero también te servirán para conocer a quién amas y a quién temes tú...

El amor invita, siempre, a romper las ataduras de la ignorancia...

El amor invita siempre a hacer preguntas... cualquier pregunta...

El amor invita a buscar respuestas... cualquier repuesta...

El amor invita a pronunciar palabras... cualquier palabra...

El amor invita a vivir la verdad... a vivir tu verdad...

Así es como podemos descubrir realmente lo que es amor y lo que no lo es... Lo que procede del amor y lo que procede de otros sentimientos, para los cuales no siempre disponemos de una palabra apropiada con que nombrarlos.

Hermanos, saberlo todo es querer saberlo todo, y querer saberlo todo es saber quiénes somos realmente; y saber quiénes somos realmente es conocerle a Él... Y esa es la esencia del amor, porque Dios es Amor.

2) La ignorancia es, pues, falta de libertad, es decir, falta de amor...

La ignorancia condena a vivir perpetuamente en el reino de la relatividad... De ahí que tantas personas que han caído en la trampa de limitar y circunscribir su conocimiento a datos, se sientan muy felices ahora que podemos almacenar mucha información en unas pequeñas mochilas que podemos llevar con nosotros y usar a nuestro capricho, con su interruptor "on" y "off".

Sin embargo, esta clase de conocimiento no está produciendo más libertad, más amor, más humildad, más conocimiento...

¿Por qué? Porque no nos conduce sino al campo de la conceptualización, pero no nos lleva al campo de la contextualización, de la comunión, de la convivencia, de los éxitos y los fracasos, de las ilusiones y proyectos, de los errores y ofensas, del perdón y la restauración.

La ignorancia es falta de libertad por falta de amor, por falta de práctica en la compasión, en la generosidad, en el arte de compartir, de sembrar alegría y esperanza en los corazones de los hombres.

La ignorancia es desamor, es egocentrismo, narcisismo, embelesamiento, disfunción en la relación contextual, distanciamiento de la gloria de Dios que brilla el rostro de Jesucristo, iluminando incontables momentos de dar, de darse, de compartir ilusiones y proyectos, de exponer rectamente las palabras de la verdad, de festejar la existencia, de rehacer vidas, de sembrar estrellas a los ciegos o comida rica a los hambrientos, de bienaventuranza, en definitiva.

La ignorancia nos mete en la red de la competencia, de la búsqueda de los datos que a otros faltan, para explotarlos hasta la saciedad...

La ignorancia nos sume en la tupida red de los complejos y la ataduras, las supersticiones y los miedos irracionales...

La ignorancia nos vuelve condicionales, incapacitándonos para el amor que da y se da sin esperar nada a cambio...

La ignorancia nos lleva de la mano a las idolatrías y el entontecimiento supino...

La ignorancia nos reduce la visión de Dios, hasta creer que Él es como yo, mezquino, rencoroso, no perdonador, cruel, acomplejado y vengativo...

3) Cómo seguir y cómo salir de la ignorancia:

Seguiremos siendo ignorantes, aunque dedicáramos billones de billones de dólares a la investigación en todos los campos, mientras continuemos pensando que ya está todo hecho, o que Dios ya no tiene sorpresas que darnos...

Seguiremos siendo esclavos de la ignorancia, es decir, del desamor, mientras no entremos con el corazón abierto dentro del misterio de la gran dicotomía: Que, por una parte, el Señor es el que fue, el que es y el que siempre será; mientras que por otra parte, Él está hoy aquí y ahora... Y del mismo modo, todo lo que fue, lo sigue siendo ahora, y siempre lo será, mientras que todo está en constante y continua evolución...

Ahora bien, es más que lógico que nosotros nos preguntemos cómo pueden ser ambas cosas ciertas...

Y nuestro marco referencial de la lógica humana se resiste a semejante planteamiento... Entonces pensamos que esto es así por causa de las limitaciones de nuestra mente humana...

Sin embargo, en este caso, nuestras limitaciones nos las hemos impuesto nosotros mismos... Ahí está el núcleo de nuestra ignorancia... Ahí está nuestra falta de libertad, nuestro desamor...

No nos queremos dar cuenta de que somos una experiencia en movimiento, un proyecto de Dios en marcha...

Somos un instante eterno en la mente y en el corazón de Dios...

Y lo más extraordinario del caso es que nuestro soporte es barro, la arcilla de la tierra, la Adamá de la que fue tomado Adam...

Pero hubo un instante eterno en el corazón de Dios cuando Adam no era barro... Hubo un instante de eternidad cuando Adam formaba parte de Dios, como mis pensamientos forman parte de mi antes de que la mente ordene a mis dedos que se posen sobre las teclas del ordenador o empujen la pluma o el bolígrafo sobre el papel...

Hubo un instante formado por eternidad, frente a este convencionalismo que es el tiempo medible, cuando Dios nos conoció y nos amó...

Hubo un instante cuando el Verbo, la Palabra de Dios, que es Dios, es decir, que es Amor, nos pensó, nos amó, y nosotros sólo podremos salir de la oscura ignorancia que llamamos pecado dejando que ese amor del que estamos hechos se alce sobre el barro, sin despreciarlo, para atrevernos a vivir como lo que realmente somos desde el corazón de Dios, es decir, ser amor que ama...

Como dice el himno: "Amor, ¿qué quieres? Seguir amando...".

Este secreto es el que cambia las vidas de los hombres, no las religiones ni las organizaciones religiosas o filosóficas...

Este secreto nos saca de la ignorancia, de la falta de libertad, del desamor...

Este secreto es el secreto de la felicidad...

Este secreto es el milagro de los milagros...

En definitiva, Jesús de Nazaret ha venido para decirnos que Dios es Amor y que por eso nos ama, sin que nosotros podamos jamás ser merecedores de ese amor...

Y por el Espíritu Santo sigue susurrándonoslo al oído cada día y cada instante...

Y no sólo a nosotros, naturalmente, sino a todos los hombres y mujeres en la redondez de este planeta, y en la redondez de todos los cuerpos celestes habitados... hasta los cielos de los cielos... por cuanto Él no hizo los cielos para adornar, sino para morar:

"El Señor está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar." (Isaías 40:22).

Conclusión:

El amor pone fin a la ignorancia, porque el amor es incondicional...

El amor no tiene fin... no conoce fin...

Dios es amor...

Y tú y yo hemos sido creados a su imagen y semejanza...

Somos un milagro divino... Un milagro hecho carne.... Como el Verbo, que es Dios, y se hace carne...

Otro secreto: A Dios le encanta hacerse carne... mientras las religiones le espiritualizan y le distancian de los hombres y nuestras necesidades...

A Dios le encanta la libertad y el amor...

Su sufrimiento es nuestro desamor... Nuestro desamor es nuestro pecado... Nuestro pecado es nuestra falta de fe... Nuestra falta de fe es nuestro miedo... Y sólo el perfecto amor puede echar fuera al temor, al desamor, a la ignorancia...

¿Queremos salir de la ignorancia?

Entonces es primordial que entendamos que la verdadera espiritualidad no consiste en encerrarse en una cueva para evitar caer en los males del mundo...

Jesús ha dicho que hemos de estar en el mundo, pero sabiendo que no somos de este mundo, de este sistema basado en el lucro y la explotación, a menos que queramos seguir sumidos en la ignorancia, en el desamor, en la falta de libertad.

Glorifiquemos a Dios ayudando a otros, a todos, a descubrir a Dios dentro de ellos mismos, como esa luz que alumbra a todo hombre...

Jesús ha dicho "Haced esto en memoria de mí", y nosotros hemos pensado que bastaba con participar de unas porciones de pan y de vino para hacer memoria de Jesús...

Pero yo os digo en este día y hora que "hacer memoria" es salir de la ignorancia... preguntádselo a cualquier estudiante si no es así; si querría "hacer memoria" en cada examen...

No nos dejemos arrastrar por quienes han enseñado a perpetuar la memoria de las guerras, de los derramamientos de sangre, de los fracasos de la convivencia y el entendimiento, erigiendo sus monumentos siempre funerarios... coronándolos con cruces para tratar de ocultar su verdadera intención...

Hagamos memoria cada día y cada momento de la vida y la persona de Jesús de Nazaret, quintaesencia del Dios de Israel y del Israel de Dios, y le daremos gusto de eternidad a todos los instantes de nuestra existencia en convivencia, y a todos los compañeros de viaje que vamos a hallar, sin duda, en nuestro camino.

Eso es seguir las pisadas del Señor... Eso nos convierte en profetas, por cuanto la demostración de nuestra vida se convertirá en una predicción absoluta y tangible de lo que será nuestra vida en el mañana, en el gran día de Dios, en el reposo que tenemos por delante.

Vamos a salir de la ignorancia...

Para eso se nos ofrece la mente de Cristo.

Amén.